Terminó, hace ya mucho tiempo, la época de los héroes cowboys que leíamos en los comics o veíamos en las películas del Oeste. Las nuevas generaciones no conocen al Llanero Solitario, a su fiel amigo Toro, su caballo Plata y la nube de polvo que dejaba a su paso. O a Hopalong Cassidy, que vestía de negro a pesar de ser uno de los buenos y defensor de los débiles. O a Roy Rogers y su caballo Trigger, que llevaba sombrero Stetson blanco, botas de cuero hechas a mano, con punta reforzada, chaleco y camisa a cuadros, y simbolizaba la honestidad a toda prueba. O a Gene Autry, el representante de los cowboys que cabalgaba con su guitarra al hombro. Todos ellos eran altos, de ojos claros, blancos, fornidos y bellos y, a la vez que hacían su trabajo en el campo, luchaban por la defensa de los más débiles.
Los cowboys nacieron en el siglo diecinueve, primero en México, en territorios que hoy pertenecen a Texas. El oficio se hizo más importante después de la Guerra Civil y la expansión del Oeste americano. Los rancheros cruzaban las praderas, desplazaban indígenas, se apoderaban de sus tierras, cercaban territorios y construían sus ranchos. Los cowboys eran las personas contratadas por los dueños de las tierras para criar y transportar el ganado desde Texas hacia el norte del país. Por eso, hubo cowboys en varios estados, con características diferentes.
No eran tan blancos y bellos como los recordamos y en nada se parecían a los que imaginábamos en los comics. Más bien eran inmigrantes, latinos, negros, chinos, irlandeses, italianos, pobres, con una vida dura, solitaria y sin grandes posibilidades de ascenso social. Trabajaban por poco dinero y se vestían como podían, pero debían ser muy diestros en el oficio de organizar el ganado y defenderlo. Por las noches hacían sus fogatas, bebían, tocaban la guitarra y con sus canciones calmaban el ganado. Uno de sus mayores temores era recuperarlo en caso de estampidas o asaltos de forajidos.
Con la conquista del Oeste, la aparición del ferrocarril y de la agricultura, con el cercamiento de las tierras y el transporte del ganado, el oficio de los cowboys se formalizó y se fue perdiendo el encanto y la imagen mítica del cowboy. Ya no existían las praderas abiertas para transportar libremente. Los rancheros debían negociar las rutas y los tiempos de transporte del ganado. En el siglo XX, los cowboys comenzaron a cabalgar en grupos, acompañados por un camión-cocina para la alimentación del equipo. Ya no hacían fogatas nocturnas ni le cantaban al ganado para calmarlos. La leyenda del cowboy, símbolo de la masculinidad y la fuerza, comenzó a decaer. El amor romántico con la dama que lo esperaba y desfallecía cuando su amante debía partir, se fue perdiendo a medida el país se recuperaba de la crisis de los años treinta y el siglo XX avanzaba.
Hoy, el orgullo de ser cowboy en Texas persiste y parece revivir. Los cowboys siguen trabajando en los ranchos, en oficios similares y recorren las tierra a caballo o en ‘pick ups’. Ganan un mejor salario y viven con sus familias en sus casas. Ser ranchero, hoy, no es tan buen negocio, a menos que las lluvias sean suficientes para los pastos o que se encuentren yacimientos de gas o petróleo en la propiedad. Se cree que todavía existen unos treinta mil cowboys genuinos en el país.
Hay otros grupos, conformados por quienes pretenden pasar por cowboys que se visten con jeans de marca y usan sus hebillas grandes y vistosas. Sus botas, muy costosas, son de cuero de avestruz. Los sombreros negros y blancos del pasado dieron paso a los grises y cafés, o de colores y de paja en tiempo de verano. También usan cachuchas, se transportan carros ‘todo terreno’ y llevan celulares y gafas de sol.
Los verdaderos hijos, nietos y bisnietos de rancheros texanos que crecieron en el ambiente del campo y aprendieron el oficio se sienten orgullosos de que los llamen cowboys, aunque su trabajo no se relacione con lo que el término designa. Ellos , a veces, con un poco de molestia se preguntan si solo los que son sacerdotes o policías se visten como tales, por qué hay tantas personas, que nunca han vivido el campo, que quieren mostrarse y pretender que son cowboys.
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