Con el paso del tiempo, nuestro tiempo personal también se nos va de las manos. Es un tiempo fragmentado, con significados diferentes según las personas. Para los niños, por ejemplo, el tiempo no pasa. Tienen que esperar una eternidad para volver a vivir una Navidad y recibir otros regalos. Con la llegada de Internet, el tiempo se ha vuelto instantáneo: el chat, el teléfono con cámara, las cuentas que pagamos en segundos, las fotos que subimos, las compras que hacemos… accedemos a lo que queramos; nos enteramos de todo en instantes; compramos libros el primer día de su venta, porque ahora también son digitales.
Muy atrás quedaron los tiempos en los que había que esperar una semana para recibir una carta si uno estaba en el exterior; en esa época, las noticias se demoraban quince días en llegar, si se transmitían por carta. El teléfono era muy caro.
Con tanta información a la que tenemos acceso, los acontecimientos parecen perder interés; no alcanzamos a digerirlos cuando hay que atender los que siguen y nos atropellan. Esto ha hecho, como dice Tabucchi, que perdamos la memoria. No recordamos bien; no registramos bien. Los muchachos de hoy, por ejemplo, según entrevistas del Periódico hace unos días, piensan que Simón Bolívar fue el Presidente de la Academia de Historia.
No tener tiempo es una de las disculpas más comunes; tanto, que ha perdido su significado. ¿Sí será que no tenemos tiempo? O, ¿será que no priorizamos bien?
domingo, 21 de febrero de 2010
sábado, 20 de febrero de 2010
Silencio...
Cada día hay más posibilidades que ayudan a que la gente hable. Por ejemplo, están los celulares que fascinan, que se hacen más baratos, más atractivos y populares en la medida en que los planes de compra aumentan los minutos disponibles para seguir hablando. Hoy conversamos más; puede ser que estamos más solos y contamos cosas porque nos gusta que lo que hacemos se sepa y porque nos hace falta más reconocimiento. A la vez, parece que la gente habla más pero escucha menos, es decir, hay menos comunicación; hay menos reacciones inteligentes a lo que se conversa; hay menos intercambio y menos aprendizaje.
También, la gente escribe más. Escribe en Internet, con mucha libertad aparente, con emotividad, con poca reflexión sobre lo que se escribe. Escribimos en borrador, como caiga, con poca responsabilidad sobre lo que escribe porque mucho de lo que se afirma por internet se puede borrar, o nadie lo lee, o nadie lo entiende, o a nadie le importa mucho. O, nuevos estímulos siguen y pronto se olvida lo que leímos.
Pero, lo que se escribe en papel, es más difícil que se pueda borrar, porque tiene más permanencia, porque deja más huella. Y, a veces, las palabras escritas hacen mucho daño, especialmente cuando se confunden conceptos, se escribe y se acusa desde una confusión de ideas; o cuando se hace con la intención de hacer daño y sacar beneficios personales.
Hay una salida: Hablar hacia adentro; dialogar con uno mismo… ser dueño de sus pensamientos, ser dueño de sus silencios.
También, la gente escribe más. Escribe en Internet, con mucha libertad aparente, con emotividad, con poca reflexión sobre lo que se escribe. Escribimos en borrador, como caiga, con poca responsabilidad sobre lo que escribe porque mucho de lo que se afirma por internet se puede borrar, o nadie lo lee, o nadie lo entiende, o a nadie le importa mucho. O, nuevos estímulos siguen y pronto se olvida lo que leímos.
Pero, lo que se escribe en papel, es más difícil que se pueda borrar, porque tiene más permanencia, porque deja más huella. Y, a veces, las palabras escritas hacen mucho daño, especialmente cuando se confunden conceptos, se escribe y se acusa desde una confusión de ideas; o cuando se hace con la intención de hacer daño y sacar beneficios personales.
Hay una salida: Hablar hacia adentro; dialogar con uno mismo… ser dueño de sus pensamientos, ser dueño de sus silencios.
sábado, 13 de febrero de 2010
Salinger
A finales de enero murió J.D. Salinger uno de los escritores más importantes de la década de los cincuenta en Estados Unidos. Este escritor dejó de escribir en 1953, dos años después de haber publicado dos colecciones de cuentos y el libro que le dio reconocimiento mundial.
El guardián entre el centeno es la historia de un adolescente inteligente, sensible y brillante que nunca pudo adaptarse a la “vida falsa de los adultos” y se convirtió en un desadaptado e inconformista; sus ideales de vida no se ajustaban a la sociedad en la que creció. El libro se publicó en 1951 y desde entonces ha sido parte de los programas de bachillerato en ese país. Se le consideró una obra pionera al movimiento hippie de los sesenta y, tal vez por eso, su lectura se prohibió en los setenta. Así, a la vez, fue el libro más censurado y el más estudiado en las aulas.
El éxito que alcanzó lo aterró y lo hizo recluirse en Cornish, un pueblo pequeño de New Hampshire donde vivió hasta el mes pasado, cuando murió a los 91 años. Al principio, trató de vivir con su pareja y se vinculó a la escuela local para conversar con los estudiantes sobre literatura. Pero, luego de leer la primera entrevista que le hicieron, se aisló también de la gente de su pueblo y solo conservó el contacto ocasional de un amigo que era abogado. Sus libros tenían un lugar especial en las librerías del pueblo y, cuando él las visitaba, los transeúntes lo dejaban pasar, con afecto, sin molestarlo, y en respeto a su deseo de privacidad.
Salinger siempre fue una curiosidad para los periodistas que lo perseguían para indagar sobre su vida, especialmente desde hace un poco más de veinticinco años cuando Mark Chapman, el asesino de John Lennon, que llevaba el libro de Salinger en el bolsillo en el momento de su captura, dio declaraciones en el sentido de que había matado al integrante de los Beatles para promover la lectura del libro que lo inspiraba. Ese hecho lo capitalizó la prensa al máximo.
En sus casi cuarenta años de aislamiento practicó el budismo Zen y el hinduismo; en sus cartas a amigos escribía sobre los descubrimientos que había hecho en la manera de conducir su vida, en silencio y lejos de ataduras familiares. Se dedicó a escribir pero no publicaba porque sentía que hacerlo se convertía en “una maldita interrupción” para su oficio de escribir: “Siento una paz maravillosa de pensar en no publicar", señalaba. "A mí me gusta escribir; escribo para mí, para mi satisfacción personal". Se negó a la publicidad, a los estudios literarios, a las entrevistas y participación en eventos.
Los editores, la familia y el mundo literario están a la expectativa de encontrar sus escritos, que dejó en una caja fuerte. Salinger sabía qué iba a pasar después de su muerte; por eso, dejó orientaciones sobre las publicaciones que se imaginó que seguirían. Señaló sus libros con colores diferentes para indicar si estaban terminados, si necesitaban edición o si, definitivamente, no debían publicarse. En el mundo literario, hay expectativas crecientes sobre los arreglos que se harán para la publicación de sus libros. Su larga vida terminó luego de una corta y silenciosa enfermedad.
El guardián entre el centeno es la historia de un adolescente inteligente, sensible y brillante que nunca pudo adaptarse a la “vida falsa de los adultos” y se convirtió en un desadaptado e inconformista; sus ideales de vida no se ajustaban a la sociedad en la que creció. El libro se publicó en 1951 y desde entonces ha sido parte de los programas de bachillerato en ese país. Se le consideró una obra pionera al movimiento hippie de los sesenta y, tal vez por eso, su lectura se prohibió en los setenta. Así, a la vez, fue el libro más censurado y el más estudiado en las aulas.
El éxito que alcanzó lo aterró y lo hizo recluirse en Cornish, un pueblo pequeño de New Hampshire donde vivió hasta el mes pasado, cuando murió a los 91 años. Al principio, trató de vivir con su pareja y se vinculó a la escuela local para conversar con los estudiantes sobre literatura. Pero, luego de leer la primera entrevista que le hicieron, se aisló también de la gente de su pueblo y solo conservó el contacto ocasional de un amigo que era abogado. Sus libros tenían un lugar especial en las librerías del pueblo y, cuando él las visitaba, los transeúntes lo dejaban pasar, con afecto, sin molestarlo, y en respeto a su deseo de privacidad.
Salinger siempre fue una curiosidad para los periodistas que lo perseguían para indagar sobre su vida, especialmente desde hace un poco más de veinticinco años cuando Mark Chapman, el asesino de John Lennon, que llevaba el libro de Salinger en el bolsillo en el momento de su captura, dio declaraciones en el sentido de que había matado al integrante de los Beatles para promover la lectura del libro que lo inspiraba. Ese hecho lo capitalizó la prensa al máximo.
En sus casi cuarenta años de aislamiento practicó el budismo Zen y el hinduismo; en sus cartas a amigos escribía sobre los descubrimientos que había hecho en la manera de conducir su vida, en silencio y lejos de ataduras familiares. Se dedicó a escribir pero no publicaba porque sentía que hacerlo se convertía en “una maldita interrupción” para su oficio de escribir: “Siento una paz maravillosa de pensar en no publicar", señalaba. "A mí me gusta escribir; escribo para mí, para mi satisfacción personal". Se negó a la publicidad, a los estudios literarios, a las entrevistas y participación en eventos.
Los editores, la familia y el mundo literario están a la expectativa de encontrar sus escritos, que dejó en una caja fuerte. Salinger sabía qué iba a pasar después de su muerte; por eso, dejó orientaciones sobre las publicaciones que se imaginó que seguirían. Señaló sus libros con colores diferentes para indicar si estaban terminados, si necesitaban edición o si, definitivamente, no debían publicarse. En el mundo literario, hay expectativas crecientes sobre los arreglos que se harán para la publicación de sus libros. Su larga vida terminó luego de una corta y silenciosa enfermedad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)