domingo, 18 de abril de 2010

Me mandó a buzón

Hoy, ni Clark Kent, si necesitara, podría encontrar una cabina telefónica para convertirse en Superman. Seguramente, ahora tendría que acudir a un baño en McDonalds o Burger King para transformarse. Las cabinas se acabaron porque el uso del teléfono, que se asociaba con un lugar, la casa, el teléfono público, la oficina, perdió su razón de ser con la aparición de los celulares.
Las ciudades extrañan las cabinas telefónicas pero las eliminaron por falta de uso. En Londres, por ejemplo, conservan cuatro en esquinas estratégicas para que los turistas se tomen una foto. Algunas firmas inglesas aún las producen y las venden o alquilan. Las compran los coleccionistas, empresas y museos para la decoración de sus entradas o las ubican en parques como recuerdo de un pasado nostálgico.
Los celulares llegaron hace como quince años para quedarse, sofisticarse y atraer por sus contenidos. No solo no podemos concebir la vida sin ellos sino a veces nos preguntamos cómo pudimos sobrevivir tanto tiempo sin esta posibilidad de comunicación inmediata. Es tanta la dependencia que hemos creado hacia el celular que uno se siente inseguro cuando lo ha olvidado. Es útil en el trabajo, en los viajes, para enviar mensajes importantes, en caso de accidentes, cambio de planes, voladas y tragedias.
El problema está en que nos hemos sofisticado en el uso de la tecnología, pero no lo hemos hecho frente a nuestros hábitos. Nos hemos acostumbrado tanto al celular que no notamos que su uso puede llegar a ser bien descortés. Ya no hay inconveniente en cortar una conversación con quien tenemos en frente, porque quien habla o escucha contesta una llamada que generalmente no es importante. En una ocasión, en medio de una serenata, a uno de los cantantes le sonó el celular. Pues, no tuvo inconveniente en dejar solo al compañero, salir del salón y responder. Se nos olvida que siempre existe la posibilidad de devolver la llamada.
Hemos adquirido nuevos hábitos frente al celular: Nos alejamos del interlocutor para contestar; dejamos el celu en tono fuerte en actos públicos, sin contar con que algunos son claramente molestos; todos ponemos el teléfono en la mesa en caso de reuniones. De otro lado, el celular nos ha puesto en una situación de acceso permanente a todos. Estamos siempre en contacto, conectados, y, hasta el hecho de no responder, puede interpretarse de diversas maneras. A veces, nos da piedra, por ejemplo, cuando se nos acaban los minutos o se descarga el celu. Paradójicamente, vivimos en mayor incomunicación y somos más individualistas. También, más eficientes pero no, más felices.
La vida cambió con los celulares; el lenguaje también: hoy en día, se venden, se compran y se acaban los minutos; popularizamos la palabra buzón; ahora se le timbra a los amigos. Y, ya no hay vuelta atrás. Cada día son más sofisticados; compiten por los contenidos y se hacen más imprescindibles.

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