A finales de enero murió J.D. Salinger uno de los escritores más importantes de la década de los cincuenta en Estados Unidos. Este escritor dejó de escribir en 1953, dos años después de haber publicado dos colecciones de cuentos y el libro que le dio reconocimiento mundial.
El guardián entre el centeno es la historia de un adolescente inteligente, sensible y brillante que nunca pudo adaptarse a la “vida falsa de los adultos” y se convirtió en un desadaptado e inconformista; sus ideales de vida no se ajustaban a la sociedad en la que creció. El libro se publicó en 1951 y desde entonces ha sido parte de los programas de bachillerato en ese país. Se le consideró una obra pionera al movimiento hippie de los sesenta y, tal vez por eso, su lectura se prohibió en los setenta. Así, a la vez, fue el libro más censurado y el más estudiado en las aulas.
El éxito que alcanzó lo aterró y lo hizo recluirse en Cornish, un pueblo pequeño de New Hampshire donde vivió hasta el mes pasado, cuando murió a los 91 años. Al principio, trató de vivir con su pareja y se vinculó a la escuela local para conversar con los estudiantes sobre literatura. Pero, luego de leer la primera entrevista que le hicieron, se aisló también de la gente de su pueblo y solo conservó el contacto ocasional de un amigo que era abogado. Sus libros tenían un lugar especial en las librerías del pueblo y, cuando él las visitaba, los transeúntes lo dejaban pasar, con afecto, sin molestarlo, y en respeto a su deseo de privacidad.
Salinger siempre fue una curiosidad para los periodistas que lo perseguían para indagar sobre su vida, especialmente desde hace un poco más de veinticinco años cuando Mark Chapman, el asesino de John Lennon, que llevaba el libro de Salinger en el bolsillo en el momento de su captura, dio declaraciones en el sentido de que había matado al integrante de los Beatles para promover la lectura del libro que lo inspiraba. Ese hecho lo capitalizó la prensa al máximo.
En sus casi cuarenta años de aislamiento practicó el budismo Zen y el hinduismo; en sus cartas a amigos escribía sobre los descubrimientos que había hecho en la manera de conducir su vida, en silencio y lejos de ataduras familiares. Se dedicó a escribir pero no publicaba porque sentía que hacerlo se convertía en “una maldita interrupción” para su oficio de escribir: “Siento una paz maravillosa de pensar en no publicar", señalaba. "A mí me gusta escribir; escribo para mí, para mi satisfacción personal". Se negó a la publicidad, a los estudios literarios, a las entrevistas y participación en eventos.
Los editores, la familia y el mundo literario están a la expectativa de encontrar sus escritos, que dejó en una caja fuerte. Salinger sabía qué iba a pasar después de su muerte; por eso, dejó orientaciones sobre las publicaciones que se imaginó que seguirían. Señaló sus libros con colores diferentes para indicar si estaban terminados, si necesitaban edición o si, definitivamente, no debían publicarse. En el mundo literario, hay expectativas crecientes sobre los arreglos que se harán para la publicación de sus libros. Su larga vida terminó luego de una corta y silenciosa enfermedad.
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