Desde hace unos dos años, Francia inició una política muy agresiva de expulsión a los gitanos inmigrantes de Rumania y Bulgaria, los países más pobres de la Unión Europea. El diario español El País cuenta que, en el 2009 se expulsaron cerca de diez mil gitanos; este año, la suma ya se acerca a los nueve mil. Los repatriados regresan a su país de origen en un avión fletado por el Gobierno, con €300 por adulto y €100 por cada niño que deporten, hecho que le da a esta decisión un tinte de retiro voluntario.
Sarkosy ha recibido fuertes críticas de la ONU, del Consejo de Europa y del Vaticano, además de los partidos políticos de su país y de las ONG. El Presidente francés ha afirmado que la migración es bienvenida cuando es ordenada y se hace de acuerdo con la ley; de hecho, muchos gitanos, a través de los tiempos, con dificultad y lucha contra el marginamiento, se han incorporado a la vida de los franceses y se han destacado en diversos campos, especialmente en el de las artes. Insiste el Presidente en que las expulsiones continuarán hasta cerrar la mitad de los 600 campamentos gitanos y repatriar a quienes no cuenten con sus papeles en regla y con un permiso para trabajar.
La Comisión ha abierto un procedimiento de infracción a Francia, por haber promovido la discriminación hacia ese grupo humano. Afirma que, si bien cada país tiene derecho a aplicar la ley dentro del respeto al Estado de Derecho, la directriz contra la discriminación cobija a todos los países y no tiene discusión. Tampoco pueden los países violar el principio de libertad de circulación de los europeos por los veintisiete países miembros de la Unión.
El problema parece irreconciliable debido a las características culturales propias de los gitanos. Originarios de la India, los gitanos empezaron a caminar el mundo desde el siglo XV. Son pueblos nómadas y su principal valor es la libertad. Se mezclan poco, son bastante cerrados en sus costumbres y, por eso, se ubican a las afueras de las ciudades, de manera temporal. Se rigen por sus leyes propias, basadas en la libertad, la solidaridad y el respeto por sus tradiciones, costumbres, ritos y expresiones artísticas.
“No estamos contra las leyes”, nos cuenta uno de sus líderes, “pero sí queremos vivir al margen de ellas”. No pagan impuestos ni siguen los códigos de Policía de los países. Tampoco acumulan dinero porque tienen la convicción de que siempre tendrán suficiente para vivir. Forman matrimonios endogámicos y se organizan en redes de familias y tribus, bajo unos líderes muy respetados. Trabajan sin horarios ni restricciones: las mujeres son bailarinas y cantantes o se ocupan del turismo, de la elaboración de artesanías y el cuidado estético. Los hombres trabajan en forja, herrería y reciclaje y son muy hábiles para entretener.
Por su manera de concebir la vida, no tienen acceso fácil al empleo y a los servicios de salud y vivienda. Más que lo anterior, los prejuicios hacia ellos los llevan a vivir en un ambiente de discriminación y a una dura lucha por la vida. Los gitanos deportados de Francia aceptan salir el país y asseguran que volverán. Es parte de su forma de vida.
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