El Índice de libros prohibidos de la Iglesia, que durante siglos censuró en parte o en su totalidad las obras de autores como Descartes, Galileo, Copérnico, Flaubert, Zola, Sartre, Gide y muchos otros científicos y pensadores, supuestamente desapareció en 1966, como lista oficial y amenaza de excomunión para quienes los leyeran. Sin embargo, parece que esto no es del todo cierto y, aunque ya no se queman libros en las plazas públicas, existen formas más sutiles de obstaculizar la lectura de ciertos libros, especialmente por presiones a los sistemas educativos de algunos países.
Hoy, por ejemplo, se han prohibido El Guardián entre el centeno de Salinger, muy polémico, lo mismo que su autor; Huck Finn de Mark Twain; De ratones y hombres de Steinbeck, Harry Potter de J.K. Rowling, Cometas en el cielo, by Khaled Hosseini. Es larga la lista de libros y revistas, que se puede consultar en Internet, prohibidos supuestamente por inmorales, por usar un lenguaje crudo, porque hablan de violencia o racismo, porque se ocupan de los homosexuales o porque abordan ideas que no les gustan, por ejemplo, a padres o abuelos, quienes demandan y obligan a las instituciones a tomar medidas contra su lectura. Así, un libro que, supuestamente, tiene un contenido que puede resultar controversial para algunos, se eliminia de las listas de lecturas de las clases de colegios y universidades y se les deja dormir en las bibliotecas y hundir en el olvido.
Frente a esta tendencia, en Norteamérica, por ejemplo, desde 1982, la última semana de septiembre se conmemora la Semana de la libertad para leer. Así como en épocas pasadas los bibliotecarios eran los indicados para mutilar los libros por su contenido supuestamente contrario a la religión, hoy, son ellos, junto con los maestros y libreros, quienes protegen los libros y buscan asegurar la libertad para leer. De hecho, se estimula a que, durante la semana que acaba de pasar, las universidades y colegios divulguen en internet las actividades que elijan desarrollar para la promoción de la libertad de leer.
En Canadá, por ejemplo, algunas universidades publican la lista de libros prohibidos con la recomendación de que si alguien tiene uno de ellos, le ponga una marca que lo identifique, una especie de ex libris, y lo deje en un lugar público para que alguien lo recoja y lo lea. Y, a la persona que ha encontrado un libro prohibido se le sugiere que, luego de leerlo, ingrese a uno de los blogs abiertos sobre el tema y cuente su experiencia con el libro. Luego, a su vez debe dejarlo en otro lugar público para que alguien más lo recoja y lo lea, en una cadena que se espera que no se interrumpa.
La Oficina de la Libertad Intelectual de los Estados Unidos y la Fundación de defensa de los libros prohibidos organiza lecturas en voz alta y sesiones de información sobre los libros. Hay una página en Internet, por ejemplo, donde la gente se inscribe, registra el nombre del libro que necesita y quien lo tenga lo envía por correo. Como es un movimiento mundial, se busca que se multiplique el número de ciudades que promueven el intercambio de libros. En la medida en que los libros digitales se hagan más populares, este va a ser un sistema importante de colaboración y difusión de conocimiento.
En respuesta a las presiones que reciben el sistema educativo, los artistas, los medios, Internet, estas organizaciones insisten en su lucha por promover la capacidad para que la gente, especialmente los jóvenes, desarrollen criterios para decidir por sí mismos, qué leer, en qué creer y cómo ejercer su derecho a escoger y a crecer socialmente.
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